Antes de tomar cualquier decisión, necesitamos entender el lugar. Visitamos la parcela para conocer de primera mano su orientación, topografía, accesos, entorno, vistas y características físicas.
Recogemos la información disponible y detectamos aquellos aspectos que pueden condicionar el futuro proyecto: desniveles, relación con las parcelas colindantes, soleamiento, vegetación existente o particularidades del terreno.
Cuando es necesario, identificamos también la documentación y los estudios técnicos complementarios que habrá que obtener posteriormente, como el levantamiento topográfico o el estudio geotécnico.
El proyecto empieza entendiendo dónde va a construirse.
Una vivienda no debería empezar por una forma, sino por las personas que van a vivirla.
Hablamos contigo para conocer cómo quieres vivir, qué espacios necesitas, qué es prioritario para ti y qué expectativas tienes sobre tu futura casa. Número de habitaciones, relación entre interior y exterior, zonas de trabajo, almacenamiento, privacidad, espacios familiares, piscina, jardín… pero también aquello que no aparece en una lista.
Ponemos sobre la mesa tus preferencias, tus necesidades presentes y futuras y, por supuesto, el presupuesto que quieres destinar al proyecto.
El objetivo no es encajar tu vida dentro de una casa. Es empezar a pensar una casa que encaje contigo.
Conocemos el terreno y sabemos lo que necesitas. Ahora podemos estudiar qué posibilidades reales tenemos.
Analizamos conjuntamente la normativa urbanística, edificabilidad, ocupación, retranqueos, alturas permitidas, orientación, topografía, accesos y condicionantes técnicos que puedan afectar al proyecto.
A partir de ahí empezamos a valorar distintas estrategias: dónde podría situarse la vivienda, cómo relacionarla con el terreno, cómo aprovechar las vistas o la luz natural y qué decisiones pueden simplificar —o encarecer— posteriormente la construcción.
No buscamos todavía dibujar una casa definitiva. Buscamos algo anterior y más importante: descubrir cuál es la mejor manera de plantearla.
Un proyecto puede ser atractivo sobre el papel y no tener sentido si se aleja del presupuesto disponible. Por eso estudiamos la viabilidad económica antes de avanzar demasiado en el diseño.
Valoramos superficies, sistema constructivo, complejidad del terreno, movimiento de tierras, estructura, instalaciones, nivel de acabados y otros elementos que pueden tener un impacto importante sobre la inversión.
No se trata de elaborar todavía un presupuesto de obra cerrado, sino de establecer órdenes de magnitud y escenarios realistas que permitan tomar decisiones con criterio.
Porque cuanto antes relacionamos proyecto, terreno y presupuesto, mayor capacidad tenemos para ajustar la propuesta sin renunciar a lo verdaderamente importante.
Después de analizar el lugar, tus necesidades, los condicionantes y la viabilidad económica, toda esa información empieza a convertirse en arquitectura.
Definimos las primeras líneas del proyecto: implantación, orientación, organización de los espacios, relación interior-exterior, volumetría y carácter general de la vivienda.
Es el momento en el que las decisiones anteriores dejan de ser datos independientes y empiezan a formar una propuesta coherente.
Todavía queda mucho por desarrollar técnicamente, pero ahora existe algo fundamental: una dirección clara para el proyecto.